LA ISLA DE LOS CABIZBAJOS: HECHIZADOS POR LA NATURALEZA

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Foto de Alejandro Berroa Bello.

Por Alejandro Berroa Bello

Una vez, varios turistas llegaron a una pequeña isla de un país lejano. Todos quedaron fascinados por la imponente belleza de la naturaleza del lugar. No había allí nada que no les provocara asombro.

Pero allí pasaba algo extraño y terrible: Su gente caminaba mirando al suelo, siempre, con la cabeza tan inclinada que casi le llegaba al pecho, y con el cuello tan doblado que parecía un arco.

Un niño de nueve años, asustado, le preguntó al guía:

-¿Por qué todos aquí caminan cabizbajos?

Él respondió:

-Hace ya más de un milenio, hubo un rey muy egoísta que cayó bajo el hechizo de la belleza natural de esta isla. Llegó un momento en que, tan sólo con el hecho de pensar que otros podían sentir serenidad al contemplarla, se llenaba de rabia y de celo. Eso lo llevó a emitir un decreto mediante el cual declaraba que la gente común no merecía el disfrute de la contemplación de la naturaleza. Así quedó terminantemente prohibido para la mayoría, mirar hacia el horizonte o al firmamento. Ese privilegio quedaba reservado sólo para los miembros de la familia real, astrólogos, filósofos y poetas. A todo aquel que osara en incumplir el mandato se le aplicaría la pena de muerte.

Una mujer replicó:

-Pero, ya han pasado más de nueve siglos desde que se promulgó aquel decreto. Durante todo ese tiempo debió haber pasado un rey que lo aboliera.

El guía asintió con la cabeza, sonrió y dijo:

-Exactamente cincuenta años después, el rey egoísta murió y lo sucedió uno muy bueno que no tardó en abolir esa ley tan absurda.

-Entonces, ¿por qué la gente sigue caminando cabizbaja? ¿Por qué no levanta la cabeza? –le preguntó el niño de nueve años.

El guía respondió:

-Porque muchos se acostumbraron a caminar así. Además, surgió entre ellos un hombre que se hacía llamar “el profeta”, predicando que la contemplación de la naturaleza no era un privilegio, sino un pecado, porque producía admiración extrema, que era el otro nombre de la idolatría.

-¿Y dónde están los descendientes del rey egoísta, los filósofos y los poetas? –le preguntó el mayor de los turistas.

-Ellos, por orden del profeta, fueron sacrificados –contestó el guía.

-Como ven, de un sentimiento egoísta vino una ley, de esa ley una costumbre, y de la costumbre una falsa religión –añadió.

Dichoso todo aquel que no pertenece a la Isla de los Cabizbajos, pues no necesita ser descendiente de ningún rey, ni astrólogo, ni filósofo ni poeta para contemplar la belleza de la naturaleza y escuchar el eco armonioso de su voz, sin correr el riesgo de ser sacrificado por los fanáticos de aquella falsa religión.

Hoy no hay que temerle ni al rey egoísta ni al falso profeta. Hay que temerles, quizás igual que a ellos, a los hombres desalmados que destruyen despiadadamente millones de ecosistemas.

Autor es licenciado  en Filosofía y Teología

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